Los milagros existen

Una célula microscópica, entre miles de millones, emprende un largo viaje lleno de peligros, logra desafiar a la muerte, sobrevivir en un ambiente inhóspito y llegar primero, en el momento exacto, en el segundo correcto, para juntarse con su pareja. Juntos enfrentan 9 meses de muchos otros peligros, hasta lograr convertirse en un nuevo ser, un ser complejo con cientos de células y sistemas, listo para nacer y desarrollarse. ¿Alguna vez te pusiste a pensar todos los sucesos que tienen que darse para lograr un embarazo? ¿Sabes que sólo hay un 30% de posibilidades de embarazo en cada relación? Sabes todo lo que puede salir mal durante un embarazo? ¿Las posibilidades de sufrir un aborto espontáneo antes de los 3 meses? Entonces, ¿de verdad crees que los milagros no existen?

Pues yo estoy convencida que si existen, cada vida, cada uno de nosotros, es un milagro. Y con mí último embarazo refuerzo aún más esa idea. 

Te cuento mí experiencia.

Cuando mí segundo nació, durante la cesárea, los obstetras que participaron de la operación me «sugirieron no volver a embarazarme. Bueno, a decir verdad, no fue una sugerencia. Uno de ellos, incluso, llego a decirme que me hubiera practicado una ligadura ahí mismo, de no ser ilegal sin mí consentimiento.

Yo acababa de convertirme en madre por segunda vez. Mí ideal siempre había sido tener dos hijos. No tenía planes de volver a ser madre de nuevo, no por el momento. Sin embargo, siempre había soñado con tener una niña. Por eso aquello de no poder tener más hijos me pegó fuerte, me bajoneo un montón. No porque no estuviera feliz con mis dos hombrecitos, no porque quisiera volver a ser madre en lo inmediato. Pero si, en el fondo, sabía que no se había acabado, sabía que quería un intento más, sabía que después de los dos varones, llegaba la nena, realmente lo sentía en mí interior.
Los años siguientes fueron marcados por aquellas palabras. Cuánto más pasaba el tiempo, más crecían mis ganas de tener otro bebé, pero más me convencía de que solo tendría a mis varones. Esa fue la razón por la que hay 8 años de diferencia entre mí segundo hijo y mí princesa.
Sin embargo, la idea de pedir una segunda opinión siempre paso por mí mente. Pero, que decir? Ni siquiera estaba segura de las razones médicas de aquellos dichos, solo sabía si mí útero estaba demasiado débil y fino. Algo común, supongo, después de dos cesáreas (al menos eso fue lo que me dijo el obstetra que me atendió este último embarazo). Claro, existía la posibilidad de pedir mí historia clínica en el hospital donde tuve a mí hijo. Y menos cuando mí embarazo había sido totalmente normal y, de no haber sido cesárea, jamás hubiera sabido el estado de mí útero. Siempre lo tuve en mis pendientes, pero nunca lo hice.
Si Googlee y mucho. Encontré cientos de testimonios en foros, testimonios de mujeres a las que les habían dicho lo mismo y, a pesar de eso, habían vuelto a ser madres. Muchas decían que los médicos dicen esas cosas para asustar, para que desistas de volverlo a intentar. Y bueno, eso me daba esperanzas.
Pero el tiempo seguía pasando. Y con mis antecedentes, un día decidí que si no era madre antes de los 35, ya no lo sería. Y así, un par de meses después de cumplir los 33, dejé las pastillas con la intención de no volver a usarlas. La idea? No buscaría el embarazo, solo dejaría de cuidarme. Si se daba, durante la cesárea me haría la ligadura de trompas. Si no se daba, pues, simplemente no estaba escrito en mí destino. La verdad, en ningún momento planee que haría si llegaba a los 35 sin embarazarme, ¿volvería a las pastillas? (De las cuales ya no quería saber nada), ¿buscaría otro método? Quizás, en el fondo, presentía que ella llegaría.
Y llego, cuando menos lo esperaba. Cuando todos los meses miraba las fechas en mí calendario menstrual para no tener riesgos de embarazo. Porque todos los meses tenía una excusa diferente para postergarlo un poco más. Pero llego la pandemia a la Argentina, y luego la cuarentena, y perdí la cuenta de los días y de mi ciclo. Y paso, abril de 2020, en plena pandemia. Otra vez abril, otra vez una FPP en la peor fecha posible.
Pero, desde el comienzo supe que era ella. Incluso desde antes de ver las dos rayitas, cuando me debatía entre el «es ella» y el «no, no es embarazo, cuando me convencía de que el atraso era como otros que ya había tenido, y los malestares estomacales se debían a que había dejado mí dieta sin harinas y estaba comiendo horrible.
Lo siguientes meses estuvieron repletos de miedos. Un poco por aquel pronóstico de que no podría llevar un nuevo embarazo, un poco por los años, que no vienen solos. En mis otros embarazos, creo que era más joven, más inconsciente. Pero con los años uno se va dando cuenta de todo lo que puede salir bien, y todo lo que puede salir mal, de todas las cosas que pueden pasar. Viví cosas que con los otros no pasaban, como esa plubalgia que me aquejo desde los 6 meses, o náuseas que me acompañaron casi todo en embarazo. Y otras que si viví como la diabetes gestacional, pero está vez más agresiva y acompañada de su gran amiga la hipertensión. Más otras cosas, cosas de la vida, como la mononucleosis de mí hijo del medio en navidad, de la cual ya les hablaré en algún momento. Y mí mayor temor: una cesárea programada, porque ¡oye!, He pasado por dos cesáreas pero las dos fueron de improviso. Muy distinto es levantarte a las 8, agarrar tu bolso e ir camino a la clínica a internarte porque en un par de horas entraras a quirófano. Sin contar que pase más de hora y media en la recepción de la clínica, llamando a la obra social porque no había mandado la autorización de mí internación. No, si me ha pasado de todo este embarazo. Claro, además del hecho que, como todas, tuve que pasar todos mis estudios sola y la internación sin visitas y con mí santa madre «internada» junto a mí durante dos días, por el hecho de que a mí niña se le ocurrió llegar en medio de una pandemia sin precedentes en el último siglo. 

Pero más allá de todos esos detalles, todo salió más que bien. Y ahí está mí pequeño milagro, la que decía que no podría nacer, la que no debía siquiera buscar. Más allá de nacer con apenas 2 kilos y media y baja temperatura, que costó bastante subir durante las primeras horas, estaba en perfecto estado de salud. Y aún lo está, gracias a Dios.

Entonces, ¿Cómo no voy a creer en los milagros? Por cierto, este ha sido mí último milagro, estaba más que decidido desde antes de saber que era niña. Y bueno, la verdad es que mí útero si estaba bastante hecho percha como habían dicho, pero logro aguantarla 9 meses.

Nota de color.

Soy creyente, creo en los milagros, realizados por un ser superior que todo lo ve y todo lo sabe. Particularmente, creo en los «mensajeros» o «ángeles» disfrazados de personas comunes, en hechos cotidianos, esos que llegan en el momento exacto y deciden no mirar para otro lado. Cómo ese señor que decide ayudarte cuando te están robando, o el que se detiene a auxiliarte cuando estas en problemas. O un influencer que hace una campaña para juntar millones de dólares para una niña que necesita un medicamento costoso. Casos de ese tipo vemos todos los días. Creo que Dios actúa a través de esos pequeños actos, haciendo que cierta persona se involucre y te ayude.
Hace unos dos años, durante una de mis clases de catequesis para padres (por la comunión de mí hijo mayor), mí catequista sugirió escribir un deseo en un papel y ponerlo a quemar en un candelabro que había en el centro de la mesa. Supuestamente, cuando el papel de deshiciera, el humo llegaría a Jesús y el se encargaría de cumplir el deseo. Saben que fue lo que pedí? La verdad es que todo estaba bastante bien en mí vida, no había nada que se me ocurriera pedir, fue por eso que escribí que deseaba a mí niña, y deseaba que todo salga bien. Quizás sean supersticiones mías, pero yo creo que el me escucho y cumplió mí deseo.
Allá por marzo de 2020, cuando la cuarentena comenzaba, y poco tiempo antes de embarazarme, haciendo un guiso de arroz, un poco de tuco caliente cayó sobre mí brazo, provocando una herida importante, aunque nada cuidado.
Pero, al ver la forma que había tomado la quemadura, pude ser un par de alitas rosas. Recuerdo que, bromeando, dije es mí angelita, la bebé que voy a tener un mes después, llegaba ella.

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